Berlín


atardecer en el Tiergarten, con la Columna de la Victoria en el centro

atardecer en el Tiergarten, con la Columna de la Victoria en el centro


Habían pasado ya dos meses de mi vuelta a Barcelona. Lo que muchos llaman la vida real se había puesto en marcha de nuevo: vivir en el sitio donde se supone, ver a los amigos, a la familia, trabajar. Porque sí, me he reincorporado al día a día en la empresa con la que tengo mayor vinculación emocional, scannerFM. Con ideas y energía renovadas. Con ganas de probar cosas diferentes. Una de ellas ya está en marcha, MyVuelingCity, una guía de los destinos de Vueling. Y aunque no sea uno de ellos, yo quería ir a Berlín antes de ponerme a trabajar en serio. Y visitar a quien ha sido mi compañera a lo largo de la segunda mitad del viaje, entre Australia y Perú, y su posterior vuelo a Frankfurt. Con Anja compartí 8 de los 16 meses de viaje, y ahora está en Berlín. Así que para ahí me fui, a mediados de septiembre, a pasar una semana con mi socia.
un graffiti y Anja, no muy lejos de Alexanderplatz

un graffiti y Anja, no muy lejos de Alexanderplatz


Nos tocó muy buen tiempo. Diez grados menos que en Barcelona, pero muy agradable. Sol todos los días, menos uno hacia el final en el que llovió casi todo el rato, cosa que también me gustó ver, sentir y oler. Me gusta el olor de la lluvia humedeciendo la tierra, limpiando las calles, dando vida a los árboles, que en última instancia son los que nos dan la vida a nosotros a través del aire que respiramos. Berlín es una gran ciudad, muy abierta y con abundante verde. Llena de bicicletas montadas por gente de espíritu jóven de todas las edades. Con barrios señoriales en el Oeste, como Charlottenburg, donde están todas las marcas caras. Y lo más interesante y vivo en el lado Este, que lleva más de 20 años de dinámico despertar tras la caída del Muro que dividió a la ciudad y al mundo desde 1961 hasta 1989. Me gusta Berlín Este. Desde el multicultural barrio de Kreuzberg al encanto de la calles y plazas de Prenzlauer Berg. En más de una ocasión nos perdimos callejeando por el inmenso distrito central de Mitte. Si tuviera que vivir en una capital en Europa, me quedaría en Berlín.
BR1 en la East Side Gallery, sobre los restos del Muro de Berlín

BR1 en la East Side Gallery, sobre los restos del Muro de Berlín

Anuncios

Catalunya, inicio y fin de mi primera vuelta al mundo


Cadaqués, una postal perfecta de la costa catalana

Cadaqués, una postal perfecta de la costa catalana


La tierra es redonda. Si sales de Barcelona un 15 de febrero de 2010 y vas hacia el Este llegas a Asia, luego hacia el Sur y topas con Oceanía, sigues hacia el Este y te encuentras con Sudamérica y finalmente otro toque de Noreste y estás de nuevo en Europa, llegas al mismo lugar en algo más de 16 meses. Mi primera vuelta al mundo ha durado 507 días. Aterrizaba en Frankfurt y luego en Girona el 9 de julio de 2011. Y tras disfrutar de familia y Costa Brava llegué a Barcelona, de nuevo, el 13 de julio, 512 días después de zarpar en el Grimaldi a Roma aquella lluviosa noche de invierno en el puerto de BCN. Me emocionaron profundamente, aunque por motivos distintos supongo, tanto la partida como el regreso. Y el momento del retorno en el más cosas se movilizaron dentro de mi fue cuando empecé a divisar y reconocer Catalunya desde el aire. Sentía un inmenso SÍ interior. Y lo he disfrutado durante un par de meses. Me gustaría dar un par de vueltas al mundo más (una en diagonal, pasando por los países del Este, cruzar Rusia y Mongolia con el Transiberiano, ir a Hong Kong, Filipinas, Japón, Alaska, Canada… y otra en vertical, pasando por Africa, la Antártida, las islas del Pacífico, el Polo Norte y los países escandinavos). Y me parece perfecto que mis próximas dos vueltas al mundo, como la primera que acabo de dar, empiecen y terminen en Catalunya. El viaje ha sido el mejor regalo que me podía haber hecho, y va a ser difícil de superar. No sé si haré dos vueltas más, pero sé que es fundamental tener sueños y salir a perseguirlos. Y también he aprendido a lo largo de los kilómetros recorridos que cuanto más se centra uno en el momento que está viviendo, más se ensancha la vida y se disfruta cada experiencia. He vuelto lleno de vivencias. El mundo, su naturaleza y su gente me han regalado belleza, sabiduría; amor. Me siento en deuda. Y no es una carga, para nada, es un placer. Me siento afortunado y privilegiado por haber podido hacer mi camino. Y también porque tengo ganas de seguir transitándolo. Quiero vivir y trabajar para el mundo, su naturaleza y su gente. Pertenecemos a los tres grupos, así que al volcarnos en ellos estaremos cuidando de nosotros al mismo tiempo. Es la fórmula para sentirse bien, plenos. Llámalo karma, llámalo amor, felicidad, lógica, sentido común o Leyes del Universo. Da igual. La palabra, en este caso, es lo de menos. Lo importante es la idea. No tiene sentido la lucha contra nosotros mismos. Ese camino ya está agotado. Ahora hay que buscar otros.
OBERT - ABIERTO - OPEN  (el blog, la mente, los ojos, el corazón)

OBERT - ABIERTO - OPEN (el blog, la mente, los ojos, el corazón)

minutos musicales


mientras decidimos el futuro del blog…

En Perú, Machu Picchu y mucho cebiche


Machu Picchu

Machu Picchu


Y finalmente, Perú. Un país por el que siempre me sentí atraído sin saber muy bien porqué. Ahora, tras visitarlo, ya tengo algunos argumentos. Históricos, culturales, lingüísticos, gastronómicos, arquitectónicos. La primera parada fue Cuzco, hermosa ciudad de paso obligatorio para ir al Machu Picchu, pero mucho más que un escala técnica. El poderío que respira la Plaza de Armas te hace entender de golpe la importancia que tuvo la capital del imperio inca que se extendió por los Andes, de Colombia a Chile. Después llegaron los españoles, que eran brutos, pero no tontos, y construyeron sobre los restos incas, la mayoría de iglesias y palacios que todavía hoy presiden la ciudad. Es curioso ver las diferentes capas en las construcciones más antiguas de Cuzco. La base de piedras gordas incas y más arriba la arquitectura española. Todo un viaje en el tiempo. Y de ahí a la maravilla de Machu Picchu. Ningún resto de antigua civilización del mundo me ha llegado tanto como la misteriosa ciudad-montaña. Camuflada entre la maleza durante tres siglos, pasó desapercibida para la historia, los europeos y sus descendientes. Hasta que llegó Indiana Jones (en realidad su nombre era Hiram Bingham) a redescubrir -mientras buscaba otra cosa-, hace ahora exactamente 100 años, este increible lugar que todavía hoy encierra un montón de misterios. Lo que sí está claro es que el lugar es hermoso, y que los incas le dieron importancia a la belleza del enclave al elegirlo. También es evidente lo avanzados que estaban en ingeniería urbanística, agricultura, canalización de aguas y algo fundamental que occidente olvidó, ser conscientes de la naturaleza y aprovechar la fuerza de sus elementos en vez de luchar contra ellos. Aislados arriba, en la icónica montaña de Huayna Picchu, la que sale en todas las postales de Machu Picchu, a más de 2600 metros sobre el nivel del mar tenían agua, sol, comida, protección, hermosas vistas… en fin, todo lo necesario para vivir, menos wifi.
BR1 sentado entre las brumas de la madrugada en las ruinas de Machu Picchu

BR1 sentado entre las brumas de la madrugada en las ruinas de Machu Picchu


Un largo y emocionante día de visita y ascensión al epicentro arqueológico de Sudamérica y la sensación de sentirse con el alma llena y limpia. Más o menos la sensación opuesta a la de pasarse un día entero viendo tele basura o paseando por un centro comercial (shopping). Con el alma contenta, ahora era el estómago que empezaba a decir ¿qué hay de lo mío? Y qué mejor lugar para contentarlo que Lima, la capital de uno de los países de gastronomía más apasionante y rica del planeta. Además de sus miles de tipos de sopas y de platos con influencias chinas, españolas, árabes, japonesas… la joya de la corona es el cebiche. Delicioso pescado blanco macerado en limón con cebolla, cilantro, ají picante y sal. Bueno, bueno, cada día comí. Hasta que al quinto día consecutivo el estómago, agotado, dijo “no más pescado crudo, por favor”. Porque el día que descansé de cebiche comí sushi, aprovechando la gran colonia japonesa en Perú. Lima es una ciudad muy interesante y el castellano que se habla, uno de los más claros y bonitos del continente. Más que el centro o Miraflores, me gustó el barrio de Barranco por el que callejear entre casas bajas, con poco tráfico, y disfrutar de la vida a bajas revoluciones en una ciudad a orillas del Pacífico. Si van a Lima, no dejen de visitar el barrio de Barranco, y ya que están pídanse un cebiche del pescado del día en el Canta Rana, un restaurant popular especializado en pescados y arroces que abrió un argentino hace más de 25 años en la única ciudad castellanoparlante del continente que puede mirarle a los ojos a Buenos Aires. En Lima termina mi periplo sudamericano y también algo más de nueve meses de viaje por el hemisferio sur: desde Indonesia hasta Perú, vía Australia, Nueva Zelanda, Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay y Bolivia. No digo que el viaje termine, todavía no lo siento así. Ahora vuelvo al hemisferio norte, donde empezó esta aventura hace más de 500 días, a cerrar el círculo, y a abrir otros. ¡A ver qué!. Tengo ganas de saber qué hay más allá de la vuelta al mundo y de contároslo. Así que… ¡sigan conectad@s!
BR1 echándose una siestecilla en ell Machu Picchu, con el Huayna Pichu de fondo

BR1 echándose una siestecilla en ell Machu Picchu, con el Huayna Pichu de fondo

el inspirador Estado Plurinacional de Bolivia


la Fiesta del Gran Poder inunda anualmente de devotos las calles de La Paz

la Fiesta del Gran Poder inunda anualmente de devotos las calles de La Paz


Bolivia es uno de los países más ricos de Sudamérica en recursos naturales (gas, sal, litio, plata… bueno, la plata casi ya casi nos la llevamos toda). Y, a veces pasa, también es el país más pobre del subcontinente en renta per capita. No obstante desde 2006 algunas mejoras han empezado a llegar a las capas más humildes de la población. Ese año por primera vez en la historia un indígena llegaba al poder. Evo Morales, un presidente distinto a los que uno conoce. Por muchos motivos, pero me voy a quedar con tres. Uno, emigrante. A los 6 años se fue con su familia a trabajar a Argentina. Dos, cocalero. Antes de ser presidente representó a los cultivadores de coca de la zona plantándole cara a Estados Unidos con éxito en su intento de erradicar ese cultivo de Bolivia. Y tres, indio. Se considera de nacionalidad aymara. Desde que ganó por mayoría absoluta las elecciones de uno de los países con mayor proporción de población indígena de América del Sur unas cuantas cosas han cambiado. Ha descentralizado el poder, llevándose la capital a Sucre, pero manteniendo el gobierno en La Paz. Ha realizado múltiples reformas sociales. Y ha hecho algo que podría exportarse a muchos países del mundo. Consciente de la riqueza y variedad de lenguas, pueblos, culturas y tradiciones que habitan el lugar mucho antes de que existiera la República de Bolivia, o incluso antes de que llegaran los Incas y los españoles, ha rebautizado al país y algunas de sus instituciones. Ministerio de Culturas (¡en plural!), Estado Plurinacional de Bolivia. Y en todos los edificios públicos ondean gigantes la bandera de Bolivia al lado de la igualmente inmensa Wiphala que representa a los pueblos indígenas andinos. ¡Qué sencilla e inteligente fórmula de inclusión! Me estoy imaginando ahora un Ministerio de Culturas de España promoviendo todas las lenguas y culturas del país, y que uno pudiera tener acceso a ellas desde cualquier punto de España. Los vascos que viven en Sevilla o Madrid podrían ver ETB allí, o los valencianos podrían ver TV3 en su tierra para poder practicar más el catalán si quisieran, porque el Ministerio de Culturas garantizaría que todos los ciudadanos tuvieran acceso a las diferentes lenguas y culturas del país. Buena fórmula, la verdad. Los primeros días en Bolivia, a veces me decía cómo me cuesta entender el castellano de algunos bolivianos!, luego me di cuenta de que el castellano de Bolivia es claro y hermoso, y que lo que no entendía era quechua, o aymara, o guaraní o cualquiera de las 37 lenguas oficiales del país. En La Paz callejeé un montón. Disfruté de las Fiestas del Gran Poder con multitudinarias ruas de músicas que me recordaron a las que oí con Vicent en la fiesta de Moros y Cristianos de Alcoi. También vi unos bailes populares que tenían algún parentesco con las sevillanas. Al fin y al cabo, España está en los genes de Bolivia también. Comí en el mercado, saqué fotos y me sentí a gusto como paceño.
Copacabana, a orillas del lago Titicaca

Copacabana, a orillas del lago Titicaca


Después de La Paz y ya camino a Perú había que acercarse al lago Titicaca. Cuyas aguas se encuentran a más de 3800 metros sobre el nivel del mar. El lago navegable más alto del mundo. Muy energético y especial. La base para explorarlo fue Copacabana, población donde me comí una espectacular trucha al limón y desde la que tomamos un bote a la Isla del Sol. Los paisajes del Titicaca son hermosos. Aguas claras, cielos nítidos, nubes blancas como en los dibujos animados y de fondo, a veces, imponentes picos nevados de los Andes. Uno de esos lugares especiales donde uno podría hacer un retiro espiritual, una cura personal o inspirarse para escribir un libro.
BR1 visto en la costa norte de la Isla del Sol, lago Titicaca

BR1 visto en la costa norte de la Isla del Sol, lago Titicaca

nieve, sal y sol en el Salar de Uyuni


BR1 esperando el tren, en Uyuni, Bolivia

BR1 esperando el tren, en Uyuni, Bolivia


Crucé a pie la frontera de Argentina a Boliva. A un lado de la barrera, La Quiaca, al otro, Villazón. No pensé que fuéramos a encontrar cola para pasar a Bolivia, porque uno imagina que habrá más boliviano quieriendo entrar en Argentina que al revés. Me equivoqué. Casi tres horas esperando a que los funcionarios revisasen todos los papeles y documentos requeridos a los locales para pasar de un país a otro. Con los viajeros rubitos iban un poco más rápido, pero estábamos en la misma fila así que, sin privilegios. Ya en Villazón empecé a notar que Bolivia tenía un encanto especial. A un kilómetro y medio del puesto fronterizo estaba la estación de tren, hacia ahí íbamos, entre otras cosas porque Villazón no tiene mucho que ver ni tampoco había otra forma de huir ese día en el que había paro de taxis y buses con todas las calles cortadas por los propios autocares cruzados en el medio para que a nadie se le ocurriese no seguir la huelga. El tren salía a la tarde y llegaba a Uyuni de madrugada.
vista del Salar de Uyuni desde la Isla del Pescado

vista del Salar de Uyuni desde la Isla del Pescado

A 3600 metros de altura sobre el nivel del mar, en el medio del Altiplano de Bolivia, a la una y media de la madrugada hace mucho frío. Yo creo que fue la noche más fría de todo el viaje. En una cama con sábanas congeladas en la que, al cabo de un rato se acumulaba algo de calor a un centímetro del cuerpo, pero a la que movías un brazo o un pie parecía que encontrabas hielo y volvías exactamente a la misma posición en la que estabas. No había hielo en la cama, pero sin calefacción y con temperaturas bajo cero fuera, daba esa sensación. Pero la aventura es la aventura y habíamos llegado hasta aquí para ir a ver el desierto de sal más grande del mundo, y dicen que posiblemente el más bello, el Salar de Uyuni. Eso sí, antes había que equiparse: guantes y medias de lana de alpaca, pantalones interiores de esos que se ponen debajo de los pantalones (en mi caso entre las piernas y los tejanos) y unas botas de montaña. Otro contratiempo fue el mal de altura, que ya había experimentado en el Tíbet, y que volvió a hacer acto de presencia, más levemente, en el Altiplano. Dolor de cabeza, mareo, fatiga… algunos sienten náuseas también. Para combatirlo, reposo, muchos líquidos (agua, té, mate, sopa), sobre todo con hoja de coca, y otros estimulantes como la cafeína o la sal. En las farmacias del lugar le venden a los forasteros una pastilla que mezcla paracetamol con acetazolamida y no-me-acuerdo-que-más, y funciona. Eso sí, si alguien está muy mal, vomitando y sintiéndose como un trapo, entonces hay que bajar, acercarse al nivel del mar, porque si no la cosa puede ser grave. No hizo falta activar ningún plan de emergencia. Con reposo, paciencia, mates de coca y alguna pastillita de esas que nos vendieron en la farmacia, listos para el Salar. Tres días recorriendo una maravilla natural sin igual. El Salar de Uyuni con sus blancas extensiones de antiguo océano evaporado. La Isla del Pescado con sus cactus milenarios observando el horizonte salino. Volcanes, flamencos, llamas, alpacas y vicuñas. Pueblos de trabajadores de la sal en la que la proporción de indígenas se acerca a la totalidad. Y al final la Laguna Colorada, un increible paraje natural en el que la gama cromática se multiplica por mil al retirarse las nubes que descargaban nieve sobre las cotas más altas y aparecer de nuevo el todopoderoso sol.

Laguna Colorada, Bolivia

Laguna Colorada, Bolivia

La Quebrada de Humahuaca, el lejano noroeste argentino


el paraíso geológico de la Quebrada de Humahuaca, provincia de Jujuy

el paraíso geológico de la Quebrada de Humahuaca, provincia de Jujuy


El noroeste argentino suele quedar lejos, a nivel geográfico y cultural. No conocía a nadie que viviese por ahí. Nunca había ido ni me había acercado lo más mínimo. Los viajeros que hacen Argentina rápido no suelen incluirlo en su TOP3 de imprescindibles (Buenos Aires, Patagonia, Iguazú). Pero esta vez era diferente. Dos meses y medio por Buenos Aires, con escapadas a la costa (Gesell y Pinamar) y a La Cumbre (con paradas en Córdoba y Rosario). Visita posterior a las Cataratas y, tras atravesar Paraguay, tercera entrada a Argentina en el mismo viaje. En esta ocasión para visitar Salta y Jujuy, el lejano noroeste, la versión andina del país donde nací. Una región con fuerte historia precolombina en la que se respira la autenticidad de un pueblo arraigado a su tierra a pesar de incas, españoles y argentinos. Desde hace menos de diez años es destino de mochileros, viajeros, geólogos. Y doy fe de que la Quebrada de Humahuaca es de lo más especial y diferente que he visto en todo el viaje. Empezando por sus marcianas formaciones montañosas. La arquitectura colonial de Salta y el charm de sus calles y plazas. Las carreteras rodeadas de paisaje árido de Jujuy. El pueblo de Purmamarca y su fotogénico Cerro de los Siete Colores. Tilcara, su superhostel Malka con vistas y la Peña de Carlitos en la que comerse una milanesas, algún plato con quinoa o unas empanadas salteñas y tomarse una cerveza Salta disfrutando de música regional en vivo. El remoto pueblo de Iruya, perdido entres las montañas sobrevoladas por cóndores. Y Humahuaca con sus polvorientas y pintorescas calles alrededor de las vías abandonadas cuando se empezó a abandonar hace más de tres décadas el tren y casi todo lo demás en este gran país que tocó fondo hace diez años con la famosa crisis financiera del corralito y parece que desde entonces se ha vuelto a encarrilar en el tren del progreso sudamericano. Un camino incierto y apasionante en el que Argentina va colocando las vías frente a la locomotora sin seguir ninguna hoja de ruta de exportación. Y donde parece que ahora cuentan todos, incluso los menos blancos que viven en estas zonas más remotas. Un país joven y orgulloso, de pasado tormentoso, presente ilusionante y futuro esperanzador.
en este kiosko de Salta venden todo tipo de vicios y también una planta que se usa contra el mal de altura

en este kiosko de Salta venden todo tipo de vicios y también una planta que se usa contra el mal de altura